
¡Qué difícil es regalar gatos..!
Cada vez que se lo ofrecía a mis amigos o conocidos ponían una cara...
Pero no crean que no los entendía. A mí jamás me llamaron la atención los gatos, en cambio los perros sí. Es más, recuerdo que por allá en los años de mi adolescencia, una vez me hicieron un test donde uno asociaba la familia con animales. Rápidamente ubiqué a cada miembro de la familia con un animal específico, sin embargo, hubo uno con el que no lograba asociarlo. Mi prima, pichona de psicóloga, esperaba y esperaba a que yo me decidiera. En vista de mi indecisión empezó a enumerarme animales; pero nada que daba con el que era. Hasta que por fin pronunció la palabra mágica... Gato. Claro! Este personaje de la familia lo asociaba con un gato, un tanto distante, un tanto indiferente... Como que estaba ahí pero no se sentía... Pero eso sí, que no se te ocurriera atacarlo, te sacaría las uñas sin lugar a dudas...
¿Cómo logré cambiar la mala prensa del gato? Fue casi fruto del azar. Una vecina tenía una gatica blanca, muy tierna. Como nuestros patios estaban pegados, era usual que la gatica se paseara por el mío. Empecé a notar que desde que la gatica había llegado, los ratones se habían alejado también. Entonces, de vez en cuando le ponía comida como muestra de agradecimiento por su labor. Sin embargo, toda esta fraternidad se limitaba al patio. No quería mucha confiancita con ese animal... Seguía siendo gato. Y la gata sabía respetar la distancia que le imponía.
Un buen día los vecinos se mudaron. Y se llevaron su gatica con ellos. Pero exactamente al año de haberse mudado, me encontré con que la gatica blanca estaba visitando mi patio de nuevo. ¿Qué opciones tenía? Era un ser vivo pidiendo refugio. El hecho de que hubiera regresado después de tanto tiempo me impuso una responsabilidad. ¿Había sido enviada por Dios? No lo sé. El hecho es que empecé a darle un lugar en mi casa. Hoy Sally hace parte de la familia.
(La historia de sus gatitos se las cuento en una próxima entrega. Bye).
